Los intelectos perecidos antes de tiempo

Apenas sé algunas generalidades de la rama de las matemáticas conocida como «teoría de Ramsey», pero albergo desde hace tiempo la intuición (fruto de algunas lecturas e indagaciones fugaces) de que quizá puede arrojar, o arroja ya, luz sobre la estructura formal de algunos aspectos del mundo, bien en el sentido en el que lo hacen el teorema de Bayes o algunas fórmulas combinatorias, bien en relación a cuestiones de índole más «filosófica» (formales y no formalizadas) o simplemente sistémica como el emergentismo (en algún documento perdido por las profundidades de mis almacenes virtuales anoté el hipotético fundamento de esta conexión). En cualquier caso, la cuestión es que considero que el tema es de cierto interés.

La teoría de Ramsey toma su nombre de Frank Ramsey, al que descubrí hace un par de meses por estar leyendo sobre teoría de la decisión, en la cual parece ser que tuvo también su influencia. Ramsey falleció a los 26 años, pero tuvo tiempo de realizar contribuciones a la lógica, a la filosofía, a la economía… Pertenece así al funesto grupo de los intelectos precoces precozmente fallecidos, el dudoso honor de cuya pertenencia es compartido por personajes tan ilustres como Galois (murió a los 20), Keats (a los 25), Abel (26), Schubert (31), Majorana (¿31?), Ramanujan (32), Ventris (34), Mozart (35), Byron (36), Purcell (36), Ada Lovelace (36), Bizet (36), Rafael (37), Pushkin (37), van Gogh (37), Gershwin (38), Caravaggio (38), Lorca (38), Mendelssohn (38), Pascal (39) o Chopin (39).

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Reseña del libro “Historia de la neurociencia”, de Carlos Blanco

He escrito una reseña sobre el libro Historia de la neurociencia, de Carlos Blanco, que puede verse aquí. Recomiendo la obra por pertenecer a un género mixto entre la divulgación y el manual técnico, abarcando un vasto elenco de contenidos y ofreciendo información específica de ellos conjugando notablemente lo sintético y lo analítico, sin dejar de ser un texto legible y ameno; por lo ilustrativo de su aproximación histórica, y por no olvidarse aun así de proveer abordajes sistemáticos de muchos ámbitos fundamentales; por estar extraordinariamente documentado, hasta el punto de ser un auténtico inventario de referencias; por su carácter genuinamente interdisciplinar, ilustrando las relaciones de lo puramente neurocientífico con otras ciencias o con la filosofía, y en general por la experiencia panóptica de su lectura, que revela la complejidad del cerebro y la vastedad de la indagación neurocientífica pasada y presente, desde una perspectiva única y enriquecedora.

neurociencia

La alienación del yo y la belleza del mundo (reflexión atolondrada)

Punto.

Contrapunto:

Cuanto más hago, menos soy, y así, si hago poco, mucho de lo que hago lo hago yo, pero si hago mucho, no hago yo casi nada. ¿Cómo ser yo, pues, y vivir, y hacer, si el vivir, si el hacer, anulan el yo? He aquí la alienación del yo que vive, en tanto en cuanto vive. He aquí pues el dualismo ser-hacer del yo, al respecto de su naturaleza intrínseca.

Cuando me relaciono con otros me sesgo, me alieno; cuanto más me relaciono con otros menos soy yo, y soy más yo si estoy yo solo. Y, sin embargo, estando yo solo no alcanzo tampoco a ser yo, pues hay propiedades definitorias de este mi yo, condiciones de posibilidad de mi yo si se quiere, intrínsecamente duales, y yo, soy solo uno. ¿Cómo ser yo en mis circunstancias, cuando estas disipan toda oportunidad de serlo? He aquí la alienación del yo que se relaciona con otros, en tanto en cuanto se relaciona con otros, y también la alienación del yo que está solo, en tanto en cuanto está solo. He aquí pues el dualismo posibilidad-alienación del yo al respecto de su actividad interpersonal.

En cualquier caso, ¿quién es, o mejor dicho, quién era, este yo del que hablo? Apenas ya lo recuerdo. He aquí la alienación del yo que olvida, en tanto en cuanto olvida. He aquí pues la localidad del yo.

Más todavía ¿qué es «ser yo»? ¿Qué es «yo»? Qué sé yo. He aquí la alienación del yo que se piensa a sí mismo en tanto en cuanto se piensa a sí mismo y en ese pensar no alcanza a delimitarse. He aquí pues la no definición del yo.

Y al enfrentarse el yo al mundo, se pregunta a sí mismo: ¿Para qué soy yo? Para todo. Y sin embargo, ¿para qué el ser, para qué lo ente? Para nada. ¿Y no soy, acaso, no soy ente? Seré para nada pues, como todo lo que es, como todo ente. ¿Para qué, entonces, ser yo, si ser es para nada? He aquí la irracionalidad de la voluntad del yo, la irracionalidad del querer ser, la contradicción interna más fundamental del yo.

Y he aquí, como contrapunto en el contrapunto, en manifiesto de las oposiciones internas del mundo y del yo, la belleza inagotable del mundo y la exaltación permanente al respecto del mundo, en un extracto de una conversación propia:

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La ilusión de corporización y la consciencia

Este artículo es una extensión de parte de un comentario al respecto de una interesante entrada sobre los efectos sobre la mente que tienen los (vídeo)juegos de rol (y, en general, aquellos en los que uno se pone en la piel de un personaje cuyas actividades contienen dinámicas que puedan identificarse o relacionarse con alguna dinámica psicológica —o con correlato psicológico— humana). El artículo es del blog PsicoWisdom, que con muy buenos resultados escribe un amigo estudiante de psicología, y puede consultarse directamente aquí. Entre otros temas el post trata sobre los efectos psicológico de experiencias de realidad virtual, y en particular sobre la «ilusión de corporización» que puede inducirse a través de algunas dinámicas virtuales.

La ilusión de corporización es algo que me llamó mucho la atención en cuanto la descubrí. O más bien la posibilidad de inducir la ilusión y el hecho de que se haya hecho y sea un campo que se estudie (porque lo que es el fenómeno parece algo bastante intuitivo). Se trata de la ilusión de que un elemento ajeno al cuerpo (por ejemplo, un brazo virtual distorsionado o modificado) forma parte del propio cuerpo. Esto se puede conseguir sometiendo al sujeto a una experiencia de realidad virtual inmersiva (con gafas o casco), implementada de tal forma que el elemento virtual a corporizar se mueva siguiendo los movimientos de un elemento del cuerpo del sujeto (por ejemplo, un brazo virtual que se mueva según lo hace el brazo real). Esto induce al sujeto a tener la noción (a nivel intuitivo y visceral; obviamente sabe que no es así) de que el elemento virtual es realmente parte de su cuerpo, lo que se manifiesta mediante ciertas reacciones del sujeto ante experiencias virtuales (por ejemplo, retira el brazo real si en la dinámica virtual detecta alguna amenaza hacia el brazo real).

Especialmente teniendo en cuenta la práctica existente de psicoterapia mediante realidad virtual, me pregunto si el fenómeno de la ilusión de corporización se usará o podrá ser de utilidad en terapia para casos de sujetos con miembros amputados o incluso con algún problema motor.

A un nivel más teórico, la ilusión de corporización me parece muy relevante y útil a la hora de reflexionar sobre la autoconsciencia. Hay una diferencia esencial entre la autoconsciencia en sentido estricto, fuerte o interno y la autoconsciencia en un sentido superficial, débil o externo, que a mi entender remite a los mismos mecanismos que posibilitan la ilusión de corporización. De hecho, tiene más sentido hablar, respectivamente, de autoconsciencia y autopercepción. En lo que sigue emplearé esta nomenclatura.

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Poema anagrámico

He aquí un muy breve experimento formal poético cuya idea, sin ser especialmente creativa, se me ocurrió hará cosa de una semana, habiendo encontrado esta tarde la inspiración para llevar a cabo el pequeño proyecto. Las estrofas (existe una tercera que, por el momento, no haré pública) verifican la propiedad de que cada verso es un anagrama del verso que se encuentra en la misma posición en la(s) otra(s) estrofa(s). Recuerdo que un anagrama es una palabra o frase que posee las mismas letras que otra pero ordenadas de distinta manera.

Loo la mar, en valor viro,
y criado querré amarte,
prueba del amar; y si la miro
ligera, amar llorarte.

Vivo ralo, lloro en amar
y queda reírte, caro mar,
y debela, al pisar a mi rumor,
tal ágil amor el errar.

 

Creatividad, intelectualidad, absurdo e intrascendencia

Yo

No recuerdo la primera vez que leí aquellas palabras que Leibniz dirigía a Vincent Placcius en 1695 en una de sus misivas, pero estoy convencido de que el estremecimiento y el sentimiento de correspondencia no fue menor que el que me atravesó al leer ciertos fragmentos de los Diálogos de Séneca hace cinco años, o varios pasajes del Werther de Goethe o de las Rimas de Bécquer en los últimos meses. Aun así, sus ecos me persiguen desde entonces y resuenan, hostigadores, como una constante en mi vida: «Tengo tantos resultados matemáticos, pensamientos filosóficos y otras innovaciones literarias, que no se debe permitir que se desvanezcan, que a menudo no sé por dónde comenzar».

Yo no soy, naturalmente, ningún Leibniz: Mis capacidades, y aun mis inquietudes e iniciativa, temblorosamente se diluyen ante tan desbordante intelecto, ante tan omniabarcante espíritu. Sin embargo, sí conozco muy íntimamente, a mi pequeña escala, el bullir interno del novum, la vertiginosa sucesión de ideas, consideraciones y propuestas, que en su hervoroso brotar dilatan su vastedad hasta hacerla inasible a toda pretensión de materializarla. La imprenta de la creatividad alberga en ocasiones más encargos que papel posee el tiempo de una sola vida. Si, allende de ajardinar las sinuosas parcelas de nuestra subjetividad, velando en ellas por el germinar de la flor de la invención, dejando proyectarse ad extra toda su riqueza y hermosura, buscamos también el cultivo del conocimiento, el crecimiento ad intra, que además contribuye a apuntalar, encauzar e inspirar el proceso creativo, y lo perseguimos sin parcialidad y con aspiraciones integrales, nos encontraremos entonces todavía más aherrojados que al principio.

Ayer pasé las horas entre receptores colinérgicos, GABA, Amanita muscaria y mAChR, neurotoxinas, barbitúricos, benzodiazepinas, lenguas polisintéticas, pares mínimos fonológicos, anadiplosis, pleonasmos, lógicas de orden superior, la paradoja de la información de los agujeros negros, horizontes aparentes en relatividad general, el estado de Hartle-Hawking, la epojé trascendental husserliana, clásicos de la historia del cine… Tengo gran interés por, e inclinación visceral a, desarrollar trabajos al respecto de varios de estos temas. Además, estoy atravesando una breve etapa de sobreexcitación creativa, y en mis pensamientos afloran varias propuestas interesantes y de tintes poco convencionales, especialmente para relato, novela y poesía y, lo que quizá sea más relevante, eclosionan nacientes propuestas formales que transitan las provincias de la narrativa experimental.

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[ϕ]

El fin de la inercia y de la espontaneidad supone abrazar el automatismo y la sistematicidad de actuar con orientación a fines no inmediatos… Uno mismo teje las redes de la mecanicidad vital, que por propias que sean no dejan de resultar astringentes. En términos de una profundidad de la que no puedo dar cuenta en esta breve nota, supone, al respecto del estado de consciencia, existir menos tiempo; alternativamente, sin embargo, la existencia es más deleitosa. En realidad, el debate entre el tiempo y la calidad de existencia, entre las tendencias naturales y las imposiciones del intelecto, es considerablemente irrelevante cuando no hay trascendencia: la vacuidad es ubicua tanto con una dinámica como con la otra. No obstante, la espontaneidad tiene sus propias veleidades, que incluyen, curiosamente, su propio suicidio.

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