Réquiem de Fauré

Comparto una composición que me apasiona. Se trata de la misa de réquiem de Gabriel Fauré, que recientemente he redescubierto y por fin experimentado y apreciado según se merece. Tal y como me ocurre con el réquiem de Mozart, encuentro prácticamente todos los movimientos sumamente emocionantes.

El Introito, desde el «requiem æternam dona eis Domine», nos sitúa en contexto: gradual pero prontamente paraliza el mundo, difumina el presente, nos transporta a esa atalaya atemporal que tantas veces nos concede la música sacra, a un mirador privilegiado desde el que contemplar el orbe con una mirada transida de nostalgia y lamento, entumecida por la confusión y el asombro, enardecida por la belleza y el amor. Un sentir acrisolado irrumpe en nosotros y nos emplaza de lleno en una honda elevación, de tintes mortales aquí pero de mucho más general esencia, que con su lente omniabarcante hace converger la luz de un mundo que se apaga: la misa de difuntos ha comenzado.

Llegan los primeros escalofríos con el coro de tenores (1:57), trágico, fantástico, henchido de un profundo anhelo que cubrirá toda la obra. Impresionante el «et lux perpetua luceat eis» cantado por las voces masculinas y solapado con unas cuerdas que tocan las notas exactas para ejecutar un contraste conmovedor.

Qué decir del Kyrie. Extraordinario el coro mixto entonando «Kyrie eleison» (5:40), de nuevo en compañía de las cuerdas. Para escuchar verdaderamente entre sollozos de pura emoción; impresionante, qué intensidad, qué maravilla, ¿cómo pueden escasos segundos condensar semejante sentimiento?

Por encima de todo, no obstante, he de quedarme con el Sanctus (17:20). Lo que empieza por ser una atmósfera suave, comienza a tomar fuerza hasta transformarse en uno de los pasajes de mayor ímpetu que yo haya escuchado (19:00). Todo gira aquí en torno al «hosanna in excelsis»: primero, introducido por las sopranos, preparándonos, subiendo ligeramente para caer de nuevo, y seguidamente repetido, pero ahora coronando más alta cima, sin llegar aún al clímax, dejando la emoción sostenida, casi dolorosamente, en las angélicas voces femeninas que en el último momento retroceden para dar paso a la intensidad rítmica, pulsátil, de unas cuerdas vigorizadas por las trompas que acto continuo entran a escena, insuflando al momento una potencia majestuosa, que finalmente alcanza la cúspide con el coro masculino, apoteósico, con un «Hosanna» que invade implacablemente las profundidades del ánimo, que congela ardorosamente con su grandiosidad concentrada, que cubre el mundo con un manto lucífero, resorte verdadero de una pasión ubicuamente vertida que anuda en su seno inefable sentimientos irrestrictos y multiformes. ¡«Hossana in excelsis»! ¡Alabemos, encumbrados por la saeta de la música, el misterio del mundo! ¡Derramemos lágrimas por lo inabarcable, por el feliz asombro ante la inmensidad! Hoy, vivimos. Hoy, recibimos este regalo, un hálito de trascendencia, que nos catapulta al paroxismo más puro y más noble, más piadoso y más entregado, más convulso y más dulce. Hoy, ¡vivamos! ¡Aquilatemos justamente el mundo, maravillémonos!

Y todavía nos ofrece más Fauré. Sigue el Pie Jesu (20:40)… ¡precioso es poco! La belleza más grácil de todo el réquiem. La abemolada soprano implorando un descanso eterno que se nos transmite y se nos antoja tan anhelado, tan hermoso y tan contento, como dulcísona es la voz que lo ansía. ¡Qué sentido el ruego, humilde pero expresivo! Al final (23:12), una última declamación: «dona eis sempiternam requiem»… realmente conmovedor. Del todo oportuna llega entonces la música del Agnus Dei (23:58), agridulce y sosegada; se le unen los coros, de aflicción lacrimosa, que acaban por conferir al genial movimiento el sentimiento que lo caracteriza.

La obra termina con un fragmento característico: In paradisum (36:06). El coro de sopranos, seráfico, evoca perfectamente lo que pretende representar: «in paradisum deducant te Angeli» («que los ángeles te conduzcan al paraíso»). Una atmósfera célica que, deteniendo una vez más el tiempo, nos transporta, como al principio, a otro lugar. Sin movernos, estamos lejos. Lo que vemos cambia: ahora todo es edénico, todo relumbra plácida pero penetrantemente. Recordemos que esto es el mundo: un paraíso terrenal. Imperfecto, qué duda cabe, y capaz de albergar el mayor de los horrores, el más descorazonador sufrimiento, pero, al mismo tiempo, ¿no descuellan su riqueza, su orden, su esplendor, por encima de cualquier viso de iniquidad? ¿No sobrepujan sus prodigios toda mácula? ¡Dejemos que los cánticos angelicales de las sopranos nos lo recuerden! ¡Dejemos que nos eleven, que nos guíen, como verdaderos serafines, al vértice panóptico de un empíreo que atesora una visión candorosa del mundo! ¡Alcemos la vista a las maravillas que pueblan la vida, despojémonos de la venda que nos ciega y veamos, aunque sea un instante, la belleza infinita que nos rodea! ¡Dejémonos deslumbrar!

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