La alienación del yo y la belleza del mundo (reflexión atolondrada)

Punto.

Contrapunto:

Cuanto más hago, menos soy, y así, si hago poco, mucho de lo que hago lo hago yo, pero si hago mucho, no hago yo casi nada. ¿Cómo ser yo, pues, y vivir, y hacer, si el vivir, si el hacer, anulan el yo? He aquí la alienación del yo que vive, en tanto en cuanto vive. He aquí pues el dualismo ser-hacer del yo, al respecto de su naturaleza intrínseca.

Cuando me relaciono con otros me sesgo, me alieno; cuanto más me relaciono con otros menos soy yo, y soy más yo si estoy yo solo. Y, sin embargo, estando yo solo no alcanzo tampoco a ser yo, pues hay propiedades definitorias de este mi yo, condiciones de posibilidad de mi yo si se quiere, intrínsecamente duales, y yo, soy solo uno. ¿Cómo ser yo en mis circunstancias, cuando estas disipan toda oportunidad de serlo? He aquí la alienación del yo que se relaciona con otros, en tanto en cuanto se relaciona con otros, y también la alienación del yo que está solo, en tanto en cuanto está solo. He aquí pues el dualismo posibilidad-alienación del yo al respecto de su actividad interpersonal.

En cualquier caso, ¿quién es, o mejor dicho, quién era, este yo del que hablo? Apenas ya lo recuerdo. He aquí la alienación del yo que olvida, en tanto en cuanto olvida. He aquí pues la localidad del yo.

Más todavía ¿qué es «ser yo»? ¿Qué es «yo»? Qué sé yo. He aquí la alienación del yo que se piensa a sí mismo en tanto en cuanto se piensa a sí mismo y en ese pensar no alcanza a delimitarse. He aquí pues la no definición del yo.

Y al enfrentarse el yo al mundo, se pregunta a sí mismo: ¿Para qué soy yo? Para todo. Y sin embargo, ¿para qué el ser, para qué lo ente? Para nada. ¿Y no soy, acaso, no soy ente? Seré para nada pues, como todo lo que es, como todo ente. ¿Para qué, entonces, ser yo, si ser es para nada? He aquí la irracionalidad de la voluntad del yo, la irracionalidad del querer ser, la contradicción interna más fundamental del yo.

Y he aquí, como contrapunto en el contrapunto, en manifiesto de las oposiciones internas del mundo y del yo, la belleza inagotable del mundo y la exaltación permanente al respecto del mundo, en un extracto de una conversación propia:

Esta madrugada me he dado cuenta de que cada vez más tiene sentido decir que me estoy enamorando del mundo.

No es novedad el impacto que me causa la belleza del mundo, pero cuanto más conozco más me conmueve. De verdad que el conocimiento es belleza. Pero no solo el conocimiento teórico [que lo es y en gran medida], sino también el conocer las vivencias humanas, las historias, y las emociones individuales.

He llorado desconsolado por tantas tragedias, desbordado por tantas alegrías, de cientos de personas que jamás conoceré…

He saltado literalmente de contento, he sentido el frío del suelo entre sollozos, y me he quedado sin aliento, tantas veces afectado por las fortunas, las desgracias, y los maravillosos prodigios y creaciones del ser humano.

Porque también en el sufrimiento creo que puede encontrarse la belleza, pues la hay en la realidad, en ser consciente, y en compartir sinceramente el dolor ajeno, y en el deseo de bondad.

Y cada vez es mayor mi conmoción y la desatan más cosas, y de verdad que llego a sentir amor por el mundo, y veo, y escucho, y toco, y, en fin, siento, tantas cosas, tantos productos del mundo, y en ocasiones los siento con tanto cariño, con tanta devoción, a veces como un hijo siente el cálido ceñir de los brazos de sus padres, o como unos padres contemplan a su hijo mientras juega, con delicada fascinación, o como la sensación de estar rodeado de todos los seres queridos, en un feliz encuentro, o como una nueva tierra que se despliega ante los ojos de un explorador o un valiosísimo objeto que se desentierra ante los de un arqueólogo, o como un instructivo manual que llega a las manos de un ávido aprendiz, o como la más bella obra de arte que se presenta ante los ojos de un ansioso espectador, o como un arquitecto que contempla su obra materializada […]

De verdad que me siento hijo y padre del mundo, familia del mundo, explorador y arqueólogo del mundo, y aprendiz del mundo, y también espectador y arquitecto del mundo, y por encima de todo admirador y amante del mundo. El mundo me arropa y lo veo con nostalgia y aprecio, y no doy crédito, y me abruma, y me saca sonrisas tan profundas como sentidas son las lágrimas que me quita, y hallo todo esto en todas partes, en los objetos y circunstancias más cotidianos, pequeños y familiares, en lo más colosal e inabordable, en lo material, en lo conceptual, en las actitudes, las vivencias y los sentimientos de las personas, en el tiempo y las épocas, en el ser en sí…

A pesar de todo, el desnudo es, a día de hoy, impracticable. Todo intento de transparencia se frustra, toda revelación que mana límpida de las profundidades nunca llega sino muy distinta a la superficie del otro, y el mensaje queda así lejos de su destino y yo quedo como aquel también, lejos. Esta es mi prisión particular, que sin tener barrotes aherroja de forma distinta, más insoslayable por ser no de imposición extrínseca, sino consustancial a mí mismo. Esta es, pues, mi soledad, por encima de todo rica y bella a mis ojos, así como un verdadero privilegio que nunca agradeceré suficiente, pero al mismo tiempo inevitablemente alienadora, y lánguida ante la perspectiva de un yo liberado, realizado y completo, de una existencia plena, del ser sin anhelo del ser.

Ab imo pectore.

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