La ilusión de corporización y la consciencia

Este artículo es una extensión de parte de un comentario al respecto de una interesante entrada sobre los efectos sobre la mente que tienen los (vídeo)juegos de rol (y, en general, aquellos en los que uno se pone en la piel de un personaje cuyas actividades contienen dinámicas que puedan identificarse o relacionarse con alguna dinámica psicológica —o con correlato psicológico— humana). El artículo es del blog PsicoWisdom, que con muy buenos resultados escribe un amigo estudiante de psicología, y puede consultarse directamente aquí. Entre otros temas el post trata sobre los efectos psicológico de experiencias de realidad virtual, y en particular sobre la «ilusión de corporización» que puede inducirse a través de algunas dinámicas virtuales.

La ilusión de corporización es algo que me llamó mucho la atención en cuanto la descubrí. O más bien la posibilidad de inducir la ilusión y el hecho de que se haya hecho y sea un campo que se estudie (porque lo que es el fenómeno parece algo bastante intuitivo). Se trata de la ilusión de que un elemento ajeno al cuerpo (por ejemplo, un brazo virtual distorsionado o modificado) forma parte del propio cuerpo. Esto se puede conseguir sometiendo al sujeto a una experiencia de realidad virtual inmersiva (con gafas o casco), implementada de tal forma que el elemento virtual a corporizar se mueva siguiendo los movimientos de un elemento del cuerpo del sujeto (por ejemplo, un brazo virtual que se mueva según lo hace el brazo real). Esto induce al sujeto a tener la noción (a nivel intuitivo y visceral; obviamente sabe que no es así) de que el elemento virtual es realmente parte de su cuerpo, lo que se manifiesta mediante ciertas reacciones del sujeto ante experiencias virtuales (por ejemplo, retira el brazo real si en la dinámica virtual detecta alguna amenaza hacia el brazo real).

Especialmente teniendo en cuenta la práctica existente de psicoterapia mediante realidad virtual, me pregunto si el fenómeno de la ilusión de corporización se usará o podrá ser de utilidad en terapia para casos de sujetos con miembros amputados o incluso con algún problema motor.

A un nivel más teórico, la ilusión de corporización me parece muy relevante y útil a la hora de reflexionar sobre la autoconsciencia. Hay una diferencia esencial entre la autoconsciencia en sentido estricto, fuerte o interno y la autoconsciencia en un sentido superficial, débil o externo, que a mi entender remite a los mismos mecanismos que posibilitan la ilusión de corporización. De hecho, tiene más sentido hablar, respectivamente, de autoconsciencia y autopercepción. En lo que sigue emplearé esta nomenclatura.

Hay animales que se reconocen en un espejo, lo cual es una muestra de autopercepción (siempre he considerado que es una ilusión de corporización). El mecanismo que subyace a ese reconocimiento no parece muy complejo: se trata simplemente de detectar una correlación o bien entre una acción (por ejemplo, la acción —que no la percepción, es decir: la activación de la dinámica motora interna— de mover un brazo) y una percepción (ves moverse el brazo, notas que el brazo entra en contacto con cosas), o bien entre una percepción externa (ves que alguien te golpea) y una percepción interna (notas las señales de dolor emitidas internamente por nociceptores); en definitiva, es la detección de una correlación entre una dinámica interna y otra externa. Esta autopercepción es fácilmente programable en una máquina, y se trata de un fenómeno fácilmente explicable en términos puramente biológicos (se almacena la información de la correlación, y poco más). De hecho, para haber autopercepción ni siquiera es necesario que haya una noción de «lo interno» o del «yo» en el organismo que fija la información al respecto de tales correlaciones.

Muy diferente es la autoconsciencia, que nada tiene que ver con la detección de una correlación entre dos elementos, sino que es la mera apreciación de la existencia de uno mismo —en sentido conceptual—. En realidad, la autoconsciencia no es algo singular por su reflexividad sino por su condición consciente (en todo el texto cuando hablo de «consciente» me refiero, naturalmente, a algo más fundamental que «durante la vigilia y estando el cerebro prestando atención a ello», lo cual sería más bien «meramente perceptual» y no «consciente», aunque en el ser humano ambas cosas van ligadas): Cuando decimos «la mera apreciación de la existencia de uno mismo» no nos referimos a la detección sensorial del propio cuerpo; tampoco a la detección mental del cuerpo (poseer un pensamiento que contenga la información sobre la existencia del sujeto); ni siquiera nos referimos —y esto puede no ser evidente— a la detección mental de la mente, en el sentido de que existan pensamientos que tengan información sobre la existencia de pensamientos. Todo eso queda en el dominio de «la mera información».

La percepción consciente es diferente de la posesión de información. La información puede reposar en sustratos no conscientes, por ejemplo en un papel (que el sustrato no comprenda la información es irrelevante a estos efectos: uno es consciente de algo independientemente de que lo entienda o pueda interpretarlo). Ser consciente de algo es algo más allá de lo informacional, es algo experiencial. Sin embargo, no es experiencial de la misma manera que lo son los sentidos: la visión o la audición no son más que una percepción e interpretación de información por parte del cerebro (en esencia lo mismo, «mutatis mutandis», que los fenómenos que ocurren en una cámara o un micrófono). La percepción consciente de imágenes o sonidos, o la percepción consciente de la autopercepción —la autoconsciencia— son algo muy diferente, remiten a la experiencia subjetiva en el sentido más fundamental de la expresión. La experiencia visual, por ejemplo, no se limita a un conjunto de moléculas que la cifran: existe una «imagen» que yo «veo desde mi subjetividad». Una cosa es la existencia de información codificada en un sustrato biológico (percibida en un sentido material) y otra la percepción consciente de esa información (percibida en un sentido «inmaterial»).

La consciencia es un fenómeno muy singular, sumamente esquivo. De hecho, soy tendente a pensar que es del todo inexplicable en términos biológicos y, más generalmente, que representa un —y quizás el— hiato fundamental entre lo (concebible como) material y lo no (concebible como) material, y en ese sentido que es un fenómeno incomprensible —o, el mejor de los casos, muy tangencial e indirectamente— desde una perspectiva ontológica materialista, que es la que necesariamente abraza toda ciencia empírica.

Dejando en lo posible al margen a la filosofía y volviendo al tema, es esa singularidad de este fenómeno subjetivo por antonomasia que es la consciencia lo que articula una diferencia dramática entre la autoconsciencia humana y la autopercepción que muestran algunos animales. Con esto no quiero decir que los animales no sean capaces de autoconsciencia, pero sin duda la autopercepción no implica autoconsciencia, por lo que sabiendo solamente que un animal demuestra un comportamiento autoperceptivo no podemos permitirnos establecer grandes parangones entre tal animal y el ser humano (lo que no quita que sin duda la autopercepción animal sea de gran interés). Aun así, en los humanos existe una correlación entre la autopercepción y la autoconsciencia (y en general entre la percepción y la percepción consciente, al menos cuando la percepción incluye atención), por lo que el estudio de la autopercepción animal, incluso aunque ningún animal poseyera autoconsciencia, quizá pueda arrojar algo de luz sobre la autoconsciencia humana. Y lógicamente lo mismo puede decirse del estudio de la autopercepción humana.

Lo interesante de la ilusión de corporización en este contexto, es que puede ser, en cierto sentido —y tampoco es que sea en uno de importancia mayúscula—, el nexo entre la autopercepción animal y la autoconsciencia humana, si la autopercepción animal resulta seguir un mecanismo equivalente al de la ilusión de corporización (en el caso humano quizás no sea equivalente «stricto sensu» porque en la autopercepción puede que influyan también aspectos relacionados con el pensamiento conceptual y con el lenguaje). En ese caso, se puede estudiar la ilusión de corporización en los humanos —con la ventaja de que los sujetos pueden contribuir desde dentro a la descripción del fenómeno—, emplear lo aprendido a través de ese estudio en el de la autopercepción animal —con la ventaja de que los organismos son más simples— (en realidad, imagino que la investigación en ambos ámbitos sería algo simultáneo) y finalmente emplear lo aprendido a través del estudio animal en el estudio de la autopercepción humana (y, siendo muy optimistas, en el de la autoconsciencia humana). En verdad no creo que exista una diferencia cualitativa muy grande entre la autopercepción y otras percepciones, y en ese sentido tampoco pretendo que de una dinámica investigadora como la que planteo maduren frutos de un interés mucho mayor al de los que se obtendrían siguiendo el mismo esquema pero estudiando percepciones de estímulos que no sean el propio sujeto. No obstante, si que encuentro al menos una ligera singularidad en el hecho de que en el caso de la autopercepción la percepción tenga visos de autorreferencia, y en ese sentido quizá sí pueda tener especial interés (aunque no sea extraordinariamente superior al del estudio de otras percepciones) llevar a cabo investigación en esta línea.

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