Centenario de Platero

Cien años han volado ya desde de la primera edición de «Platero y yo» de Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura (uno de los seis artífices de nuestra lengua laureados con el galardón) «por su poesía lírica, que en idioma español constituye un ejemplo de elevado espíritu y pureza artística». De entre los ciento treinta y ocho capítulos que componen la obra, uno hay que especialmente me conmueve y, aun cuando ni todo lo que encierra me corresponde ni espero que en tiempos venideros llegue a hacerlo, por amor a las interpelaciones del ánimo más hondas y excelsas que reverberan como escasas chispas en la hoguera casi extinta de nuestro tiempo, bien es cierto que sus palabras me encogen el corazón y arrancan de mis ojos la pasión más sentida que habita en mí, quizá demasiado oculta, pero con un latir que no quiebra. Es por esto que comparto este capítulo con quienes me leáis:

«El árbol del corral

»Este árbol, Platero; esta acacia que yo mismo sembré, verde llama que fue creciendo, primavera tras primavera, y que ahora mismo nos cubre con su abundante y franca hoja pasada de sol poniente, era, mientras viví en esta casa, hoy cerrada, el mejor sostén de mi poesía. Cualquier rama suya, engalanada de esmeralda por abril o de oro por octubre, refrescaba, sólo con mirarla un punto, mi frente, como la mano más pura de una musa. ¡Qué fina, qué grácil, qué bonita era!

»Hoy, Platero, es dueña casi de todo el corral. ¡Qué basta se ha puesto! No sé si se acordará de mí. A mí me parece otra. En todo este tiempo en que la tenía olvidada, igual que si no existiese, la primavera la ha ido formando, año tras año, a su capricho, fuera del agrado de mi sentimiento.

»Nada me dice hoy, a pesar de ser árbol, y árbol puesto por mí. Un árbol cualquiera que por primera vez acariciamos, nos llena, Platero, de sentido el corazón. Un árbol que hemos amado tanto, que tanto hemos conocido, no nos dice nada vuelto a ver Platero. Es triste; mas es inútil decir más. No, no puedo mirar ya, en esta fusión de la acacia y el ocaso, mi lira colgada. La rama graciosa no me trae el verso, ni la iluminación interna de la copa el pensamiento. Y aquí, adonde tantas veces vine de la vida, con una ilusión de soledad musical, fresca y olorosa, estoy mal, y tengo frío, y quiero irme, como entonces, del casino, de la botica o del teatro, Platero».

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