Creatividad, intelectualidad, absurdo e intrascendencia

Yo

No recuerdo la primera vez que leí aquellas palabras que Leibniz dirigía a Vincent Placcius en 1695 en una de sus misivas, pero estoy convencido de que el estremecimiento y el sentimiento de correspondencia no fue menor que el que me atravesó al leer ciertos fragmentos de los Diálogos de Séneca hace cinco años, o varios pasajes del Werther de Goethe o de las Rimas de Bécquer en los últimos meses. Aun así, sus ecos me persiguen desde entonces y resuenan, hostigadores, como una constante en mi vida: «Tengo tantos resultados matemáticos, pensamientos filosóficos y otras innovaciones literarias, que no se debe permitir que se desvanezcan, que a menudo no sé por dónde comenzar».

Yo no soy, naturalmente, ningún Leibniz: Mis capacidades, y aun mis inquietudes e iniciativa, temblorosamente se diluyen ante tan desbordante intelecto, ante tan omniabarcante espíritu. Sin embargo, sí conozco muy íntimamente, a mi pequeña escala, el bullir interno del novum, la vertiginosa sucesión de ideas, consideraciones y propuestas, que en su hervoroso brotar dilatan su vastedad hasta hacerla inasible a toda pretensión de materializarla. La imprenta de la creatividad alberga en ocasiones más encargos que papel posee el tiempo de una sola vida. Si, allende de ajardinar las sinuosas parcelas de nuestra subjetividad, velando en ellas por el germinar de la flor de la invención, dejando proyectarse ad extra toda su riqueza y hermosura, buscamos también el cultivo del conocimiento, el crecimiento ad intra, que además contribuye a apuntalar, encauzar e inspirar el proceso creativo, y lo perseguimos sin parcialidad y con aspiraciones integrales, nos encontraremos entonces todavía más aherrojados que al principio.

Ayer pasé las horas entre receptores colinérgicos, GABA, Amanita muscaria y mAChR, neurotoxinas, barbitúricos, benzodiazepinas, lenguas polisintéticas, pares mínimos fonológicos, anadiplosis, pleonasmos, lógicas de orden superior, la paradoja de la información de los agujeros negros, horizontes aparentes en relatividad general, el estado de Hartle-Hawking, la epojé trascendental husserliana, clásicos de la historia del cine… Tengo gran interés por, e inclinación visceral a, desarrollar trabajos al respecto de varios de estos temas. Además, estoy atravesando una breve etapa de sobreexcitación creativa, y en mis pensamientos afloran varias propuestas interesantes y de tintes poco convencionales, especialmente para relato, novela y poesía y, lo que quizá sea más relevante, eclosionan nacientes propuestas formales que transitan las provincias de la narrativa experimental.

Todo lo anterior me ocurre como producto de una insobornable espontaneidad, no como resultado de una organización programada. Incluso escribir este texto ha sido un antojo cómodo y caprichoso; no obstante, difiere de lo anterior en su permanencia. Todas estas investigaciones por viva curiosidad y casi solemne preocupación, y todas las furtivas ideas de creación, con sus concomitantes avideces por ponerlas en desarrollo, están abocadas a ser insostenibles a un plazo no inmediato. Estas y muchas otras cosas son solo conatos de lo que vería la luz y frutecería si mi disposición existencial fuera otra. Pero donde deberían residir mis directivas más fundamentales hay un vacío, o acaso un amasijo de candidatas, todas ellas de tan insostenible defensa como improbable es la positividad real que puedan aportar. Todas son tan endebles, tan finas y transparentes, que el confuso y contradictorio amalgama que componen resulta un cedazo hasta tal punto permisivo y sin criterio que al tamizar todas mis inclinaciones naturales, en su incapacidad para priorizar y seleccionar, deja colarse en mis voluntades finales a cualquier apetencia que haya hecho aparición. Todos mis esfuerzos han resultado hasta la fecha infructuosos en procurarme fundamentos para decantarme por alguno de esos andamiajes rectores.

Soy tendente, aun así, a pensar que tras toda la bruma que opaca la visión desde este mar de dudas, que un día surcaba con certidumbre, se esconde una venidera claridad en forma de navío, una embarcación férrea y segura que mantenga, timoneada por la razón y con las velas de la convicción, rumbo fijo en los océanos de la vida. A pesar de ello, todavía no atisbo desde las agitadas mareas que me envuelven ninguna razón, ningún objetivo, ningún cabo argumental al que aferrarme y con el que poder alcanzar fluida y nítidamente la nave redentora, y encontrarlo me resulta cada vez una cuestión más irresoluble, mientras el helor de las aguas que me bañan se me antoja cada vez más intenso y en su cristalizar quedo aprisionado, sin posible movimiento.

Si en un futuro no lejano encuentro orientación en esta maravillosa y trágica aventura del ser, tan insignificante y a veces tan significativa, lo más probable es que lo haya logrado a través de la despersonalización, de la alienación, de la mecanización y de la ignorancia deliberada. A través de unirme a la turbamulta ciega, de sed desaforada de sentido y de felicidad. A través de la muerte en vida o, mejor dicho, de la aceptación de la muerte en vida, e incluso de un repulsivo regocijo por la muerte en vida. Con ironía infinita, no faltará quien entonces se alegre por mí, y no será reducido el elenco de comentarios y felicitaciones que alumbrarán, más explícitamente o menos. Por supuesto ninguna de todas esas consideraciones tendrá más importancia para mí que la que tienen ahora los ánimos, e incluso las surrealistas críticas, tantas veces frutos del árbol del desconocimiento y la incomprensión. Aplaudirán mi, con suerte solo aparente y superficial, derrota a manos de la cosificación, de la astringencia de lo establecido, de la rutina del absurdo, del abandono al disfrute de la vaciedad, del teatro de la estabilidad, de la madurez infantil. Alabarán que yo también me circunscriba a deleitarme con la belleza de la oscuridad del ciego, aunque para ello requiera una venda artificial. Afortunadamente, siempre me será impracticable toda senda que se desprenda de la consciencia, y los sentimientos, de la absurdidad y de la intrascendencia.

En ocasiones me planteo lo que ocurriría si me dedicase con plenitud, o al menos intensivamente, al estudio y a la lectura de todo lo que me intriga, y a la puesta en práctica de todas las ideas y proyectos que concibo en mi mente. En particular, entre otras muchas cosas, imagino la respuesta positiva de otras personas ante ello. Y a veces esa futurible respuesta me resulta aborrecible, y abomino de la satisfacción que pudiera producirme. Recordar el valor que pueda anidar en algo de lo que yo haga o algo que yo sea se encuentra inextricablemente vinculado a recordar que ese valor no tiene, en realidad, valor. Es intrigante y descorazonador comprobar cómo algo que en principio parece extraordinariamente trenzado de valor acaba resultando insignificante. La versatilidad y la asiduidad de mis inquietudes intelectuales y de los modestísimos frutos de mi creatividad parecen características loables y dignas de ser pertrechadas, y sin embargo todo ello adolece de rédito, de finalidad, de razones para ejecutarse apropiadamente, en un mundo desprovisto de significatividad y de estima. El ecoico resonar de las palabras de Leibniz permea mis días, espoleando la premura de las tareas que recuerdan, pero siempre aletea privilegiadamente mi propio interrogante: «¿Para qué?»

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