Poema XVI

Abrasa mis mejillas un torrente
de viva remembranza, cincelada
en los pétreos repliegues de mis mientes,
impronta por tesón reduplicada.

¡Mi querida niña! qué presurosos
expolian los azares de la vida,
aviesos en decurso proceloso,
de suerte de espesura tan tupida.

Debiera haber resultado caduco
aquel nublo avatar que atravesamos
y no cimentarnos súbito muro
que embebió el resplandor que nos brindamos.

Pero ¡ay! de un solo golpe dos senderos
del que otrora fue uno resultaron
tiñendo el orbe de nocturno duelo,
que mi sentir anhela sea intervalo.

Inquiérete este cáliz de tristura:
¿Cómo regir mi obrar así las cosas,
si nuestro porvenir no se me augura,
ni tú misma te muestras sabedora?

Tal es mi angustia pues el tiempo apremia,
y lozanía y aun vida marchitan
tornando en menester la diligencia
de rebrotar lo que ayer frutecía.

Que no deseo en tiempo venidero
dirigir más atrás nuestra mirada
y que por malgastar tantos momentos
lláguesen nuestras dos finitas almas.

¡Ay! Si tan solo contemplar pudieras
con tino y prudencia este privilegio,
esta dicha sin fin, esta quimera
veraz que refulge entre el mundo necio…

Pero la juventud y sus antojos
soterran el saber de la conciencia
y quedan mis embates vaporosos
ante la inmediatez de tus querencias.

¡Mas no por ignorante y enlutado
se verá vacilante o aplacada
la pujanza de un corazón esclavo y
dueño de pasión tan inusitada!

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