Llorar de amor

Existen, y experimento, muchos tipos de llanto. En particular, hay uno que se halla sin duda entre los que más me cautivan. No es un llanto de tristeza ni de alegría, aunque haga acopio de visos de nostalgia y de satisfacción. Viene suscitado por algún recuerdo concreto de la materialización de un amor cuyo verdor perdura, inmarcesible, en el presente.

Esa reminiscencia da paso, entonces, al esbozo de una sonrisa, una sonrisa delicada, humilde. Pero no una sonrisa de alborozo por haber traído a la mente tan maravilloso testimonio del pasado que fue. Ni siquiera una sonrisa por atisbar, desde el seno de la esperanza, el frágil destello de la luz que quizá me aguarda. Es una sonrisa por la virtud inagotable, por la más pura y enaltecida hermosura que puede atesorar un sentimiento humano. Una sonrisa por la seguridad, por la convicción, por la determinación, por la paciencia. Una sonrisa por la comprensión de más avinagrada raíz, pero de más lozana flor. Una sonrisa por la racionalidad de mayor entereza, entreverada al mismo tiempo con la emoción más divinizante.

Es, ante todo, una sonrisa por la suma bondad. Por la emoción de saberme no solo capacitado, sino abandonado por completo, a asumir la responsabilidad con un cariño casi paternal, a entender toda turbulencia y remolino y actuar ante ellos con la ineludible benevolencia concomitante a los estratos más hondos del saber, a permanecer impasible ante toda adversidad, sosteniendo con firmeza el testigo que me han legado tantos adalides del idilio que descollaron por sobre sus coetáneos como luceros que fulguran, tan frecuente e inmerecidamente ignotos, entre los intersticios de la historia humana.

Es una tarea vana pretender describir cabalmente las sensaciones que infunde consigo esta sonrisa, pero verse colmado de semejante sentir, de una aspiración de tan irrestricto alcance, ser tendente a realidades de tan inestimable trascendencia, sustrae por completo del mundo y lo apantalla enteramente, eclipse del que se deriva la más conmovedora de las sorpresas, especialmente para una mente como la mía, acostumbrada a aquilatar de manera tan directa la inmensidad, tanto en mero contenido como en belleza, de lo que existe, porque ¿cómo es posible que una única musa desprenda de sí un aroma tan turbador que sus impactos sean más férreos que los que el orbe mismo causa en el entendimiento? ¿Cómo puede un único iluminado adunar en sí pasiones más admirables que todo el cosmos en su plenitud? ¿Qué faculta a un único sentimiento a albergar más grandeza que el propio continente en el que se halla subsumido?

Por todo ello, se desencadena un furor casi extático, revestido de una calidez y emoción imparangonables, y afloran, torrencialmente, nuevas lágrimas, únicas en su género, que se desbordan por mi rostro, símbolos de una pasión por pocos conocida. Esta dulzura, esta benignidad, esta devoción, esta heroicidad, es una de las mejores cosas que he tenido la fortuna de atravesar en mi corta, pero henchida, vida.

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