El rosal

¿Para qué transplantarte, oh rosal,
en tu aurora a tierras de tan fugaz viveza?
¿Para qué dejar que el sol te agoste
hasta hacer de tus pétalos estuosas flamas?
¿Para qué hacer fluir la savia en tus entrañas
hasta reverdecer de vitalidad tus formas?
¿Para qué abandonar tu espinoso amparo
y exponer inerme tu belleza de amaranto?
¿Para qué dejarte acariciar por el céfiro
y degustar el tacto de sus altílocuos susurros?
¿Para qué alfombrar tu tierra con fecundo sustento
que colore tu alma en concesión de deiforme cariz?

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