Diálogos entre el alma enamorada y el intelecto (Parte I)

Busca asilo el alma exhausta en los albores del olvido refugiándose del sino que desgasta cada ápice de verde y deja el porvenir en vilo. Entre tanto, ríe el mundo y temblorosa, llena de acidez y espanto se pregunta qué avidez tan imperiosa impele al hado a castigar su primorosa intrepidez que bajo manto de penuria tormentosa ha de encontrar la calidez únicamente al anegarse en llanto. Afligida se estremece contemplando cómo la gloria de antaño en el presente se ha tornado obsolescente y desvanece ya la euforia que perece distanciándose de lo que en su memoria permanece. Y exclama:

ALMA.—¡Qué ironía que de la más dichosa monotonía, cultivada con tan afanosa siembra, haya empero de engendrarse tal sequía, agreste quiebra por ventisca fría, que hace creer que si lo construido ahora tiembla es por haberse plantado en tierra baldía! ¿A dónde oriento la espera? ¿Qué ha de ser mi expectativa si en la lid en que me encuentro la ceguera sigue viva y siento que luchar no puedo, si no veo alternativa y no vislumbro ningún viento que dé aliento a transmitir esta misiva y que reviva lo que fuera?

Con acierto, entra a escena el intelecto, siempre recto, siempre cierto, a auxiliar al alma en pena:

INTELECTO.—Cesa pronto tu lamento, oh, alma, y dime qué mal te hace presa, qué tragedia te embelesa, qué funesto dolor pesa en tu elemento para que mi fundamento pueda presto llevarte a la calma.

ALMA.—¡Oh, intelecto, de entre los sabios selecto, conocedor predilecto! ¡Dar muerte yo no puedo a este dolor abyecto, pausar el desaliento que ha de causar mi suerte es imposible intento, pues es ineludible sufrimiento ante el que desarmada siempre quedo, no te miento!

INTELECTO.—¡Ah, pertinaz ánima, tú que tan cálidas cimas has conquistado, tan álgidas tragedias arrostrado, tú que la faz de herméticas maravillas has observado, y tan pocas poderte han remedado! Agraz es el legado que el tiempo te ha otorgado, sí, mas revélame tu herida, que no en vano pienso que con la sapiencia asida alguna mejora estará en mi mano.

ALMA.—¡Razón siempre tienes, entendimiento! Es la desazón que siento resultado de ver cómo lo más grande imaginado, a unos pocos reservado, sigue desapareciendo por un lado del conjunto que ahora da sentido al mundo y hace olvidar el absurdo de cuanto he experimentado. Pero a eso no se reduce lo que hostiga mi existencia, pues la ausencia de la musa que tan prominentes cumbres representa con su esencia y la inmensa complacencia que regala ese cruce de experiencias que reluce por encima de la realidad difusa se traduce en desierto inhabitable, en páramo yermo, huero, sin cosa estimable alguna, en hambruna permanente, en inerte áurea duna perdida en un mar de arena sin camena que la guíe, que se fíe de sus versos, que le preste ya sus tersos y disfrutables momentos y, en fin, es mi lamento nacido de la amargura de la falta de aquello que sin resquicio de duda es de manera segura, tanto como inexplicable, el manifiesto más bello de la idea de lo amable.

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