Trascendiendo el «hic et nunc»

Cada ruta pedestre por las calles me lo revela más notoriamente. Hoy, al salir a procurarme materiales para el proyecto, el hic et nunc se había desvanecido, como tantas otras veces, pero acaso más vívidamente que nunca.

El tiempo queda despojado de su acostumbrada unicidad y en su lugar se manifiesta toda una multiplicidad de sucesos simultáneos pertenecientes tanto a momentos pretéritos como a líneas temporales futuribles que existen en virtud de su probabilidad. Literalmente veo una superposición de entidades materiales pertenecientes a distintos tiempos, de forma que recuerda a cuando se percibe visualmente una forma generada por la imaginación. Deambulo a través de una multitemporalidad omniabarcante que, por la concurrencia de todos sus elementos, concita una experiencia ácrona, una contemplación desde fuera del tiempo. Me sumo en un profundo estado de quietud y abstracción, abandonándome con deleite a otro estatus ontológico.

Coexiste, además, con esa dilución del presente un ir más allá de lo que comparece, una superación de lo externamente dado, rebasando las fronteras materiales a las que habituamos a circunscribirnos. Si comparece vegetación, yo advierto la majestuosidad de un mundo que fue imperado por la acinesia de aquella, y la infinita riqueza de las formas vivas, e incluso hago de las dueñas del verdor un puente intemporal a toda la historia, en fuerza de su estatismo, cual si habitasen en su misma posición desde la aurora de los tiempos. Si comparece un cuerpo artificial, yo distingo en él la inconfundible impronta de las disciplinas cultivadas por el ser humano que lo han hecho posible, sintiéndome abrumado por su monumental desarrollo y su vasto alcance, y atisbo también la excepcional evolución de la historia humana en todas sus vertientes, cuyos protagonistas han dado lugar a realidades de tan estimable valor en base a su prometeica intrepidez. Si comparece una figura humana, yo alcanzo a vislumbrar una vida en su completitud, con su formidable complejidad y sus intrascendentes pero únicas menudencias, con sus radiantes bonanzas y sus lacerantes aflicciones, y casi la vivo yo mismo en un instante, dejándome interpelar por las emociones que de ella se derivan.

Todo ello es, en definitiva, una lucidez superior, un apreciar el mundo en su versión más genuina, sin limitarse a lo experimentado sensorialmente, dotando de transparencia a las barreras que de ordinario nos ensimisman en lo circunstancial. Es un percibir el mundo deslocalizadamente, trascendiendo el hic et nunc y abrazando lo global, llegando a aquilatar la verdadera riqueza de la realidad, accediendo plenamente a su más íntima esencia.

El contacto humano directo aliena casi por completo este tipo de experiencias, siendo de hecho prácticamente intransferibles verbalmente, tanto por su propia naturaleza inmanente como por la de los interlocutores. Solo en el caso de un vínculo humano de una trascendencia parangonable, de una conexión que difumine la individualidad de los involucrados, de una consonancia que haga de su dualidad un único ente, podrán encontrar vivencias tan inusitadas un vehículo capaz de transmitirlas e, incluso, de enriquecerlas.

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