Descripción personal

Advertencia a septiembre de 2014: Esta descripción da una idea algo distorsionada de mí, pues da quizá una impresión más intelectual de la cuenta, no tanto en el sentido de que esa faceta sea o no la más genuina y activa en mí —pues sí lo es—, sino en el sentido de que me reduzca a ella: Albergo más lados y, de hecho, pocas de las cuestiones en esta descripción mencionadas serían visibles a simple vista en el trato conmigo. En breve elaboraré una exposición más certera y actualizada de mi persona y la colgaré en este blog.

Natural de Valencia, en enero de 1990 da comienzo mi travesía por este mundo. La precocidad y el interés intelectual —ni despreciables, ni extraordinarios— que me acompañaron en mis primeros años entraron en obsolescencia al comienzo de la escuela primaria, y antes de finalizar la misma resulté transformado en un partícipe más de la homogeneidad psicológica que abrazaban las juventudes de entonces como las de hoy. No sería hasta mis bien entrados diecinueve años que despertaría de nuevo, tras un dilatado letargo, y cambiaría el curso de mi vida radical e intensamente hacia lo que hoy resulta ser mi orientación primera: la intelectualidad.

La intelectualidad es ya inmanente a mí, casi definitoria. Me es inexorable interesarme por cuestiones muy diversas del saber, analizar y reflexionar en profundidad sobre elementos cotidianos o trascendentales.

Vivo la intelectualidad como la máxima forma de maduración personal. No dedicarme a ello supondría abandonarme a una infancia imperecedera. Consciencia, coherencia y complejidad son, en cierto sentido, mis metas principales. Para ello, pero a la vez por interés genuino e independiente, me dedico fundamentalmente al conocimiento y a la reflexión.

En ocasiones contemplo la vida como un camino cuyo paso atraviesa paisajes bellísimos, innumerables panoramas de incalculable riqueza. Atestiguo, sin embargo, la tendencia de las personas a asentarse en uno de tales escenarios, para pasar el resto de sus días, estáticos, deleitándose con su contemplación exclusiva: yo quisiera recorrerlos todos, sin anquilosarme, en continua novedad, en un perdurable acopio de tan numeroso y diverso conocimiento.

El conocimiento es, a mi juicio, similar a un frondoso árbol. Muchos se contentan con centrar su atención en un frágil y minúsculo tallo, saliente de una de sus muchas ramas, y conocer con precisión todas las marcas de aquel, sus señales, sus hojas y frutos. Me es imposible tal circunscripción, embelesarme con un nimio brote y olvidar el árbol. Es claro que nunca alcanzaré a conocer cada detalle de todo él, pero ¿cómo pasar por alto su majestuosidad y su grandeza, sus múltiples y recias ramas, su infinitud de tallos y las conexiones que entre todos ellos tienen lugar? ¿Cómo no abandonarme a la tentativa de contemplar simultáneamente sus ramas principales, intentando encontrar un equilibrio entre multiplicidad y profundidad, en lugar de limitarme a esta última?

Me interesan tanto las ciencias como las humanidades. La técnica y el arte. Entiendo que la realidad es múltiple, y que la división de las disciplinas es eficiente pero no connatural al mundo. En ese sentido, considero que el conocimiento multidisciplinario es la única vía para no desvirtuar el saber en su conjunto con esquemas artificiales y segmentarios, en tanto en cuanto consigue, de manera holística, aportar contenidos cualitativamente distintos al mero agregado de informaciones supuestamente inconexas.

Aprovecho para señalar que la versatilidad de mis intereses intelectuales en modo alguno supone que tenga una equiparable cantidad de conocimientos. De hecho, además de no considerar que posea unos conocimientos especiales, tengo bastantes lagunas en ámbitos básicos, a las cuales intento progresivamente poner remedio. Todo ello se debe esencialmente a mi tardía orientación hacia el aprendizaje y a mi nada especial memoria (siendo esta última mi mayor flaqueza con diferencia, al menos para mi gusto).

Tengo también intereses fuera del ámbito intelectual, aunque en general los ya mencionados suelen eclipsar al resto (no totalmente, todo sea dicho). Uno de esos intereses podría ser la música, en todas sus vertientes: cada género me concita emociones diferentes, cada una con su deleite particular (en ese sentido soy bastante ecléctico, tanto en este como en otros ámbitos). Inclinación diferente es la social, remanente seguro de mis últimos años de escolarización, en los que destaqué por la actividad en este contexto.

Podría decirse, por otro lado, que mi segunda gran tendencia es el amor romántico. Por supuesto no depende de mí, así que en general —esto es, fuera de una relación— en este ámbito me encuentro más bien inactivo. No es algo, sin embargo, que busque con asiduidad, pero sí ha sido aquello con lo que más vívidamente he disfrutado, el máximo exponente de mi emocionalidad. Más todavía, el estado de enamoramiento se entrelaza en mí con la intelectualidad, dando esta interesante comunión frutos de máximo valor. Intelectualidad y amor son, en fin, las dos experiencias más gratificantes que haya podido experimentar.

Sobre mi cosmovisión es difícil hablar en tan corto espacio. Mis aventuras y desventuras filosóficas me han llevado a planteamientos inusuales, controvertidos, y puede que vistos como extremos por algunos. He de decir, eso sí, que desde que comencé a tratar de llegar al fondo de las distintas cuestiones vitales que se me presentaban —allá por 2009—, no he llegado a contradecirme con el tiempo, y los únicos cambios en mi forma de ver el mundo han sido pequeños matices o alteraciones en la formulación lingüística. Todas estas cuestiones teóricas suelen tener repercusiones directas en mi comportamiento cotidiano.

Entiendo que, a nivel fundamental, nada hay semejante al libre albedrío, ni a un imperativo ético. Por otro lado, de mi visión sobre la consciencia y el ser no veo distinción relevante entre la muerte y la inconsciencia. Por mi parte, todas las noches dejo de ser; más todavía: quizá podría decir que ocurre a cada instante. Me siento atraído, además, por el solipsismo, que a fin de cuentas es sencillamente un giro lingüístico que me parece de alguna manera más acertado o atractivo. En este último sentido, soy muy consciente del papel que juega el lenguaje en todas las disquisiciones teóricas de esta índole: muchas discusiones y disensiones son meramente incompatibilidades en el lenguaje de los implicados.

En cuanto a mi estilo de vida, me dedico esencialmente a leer, estudiar, repasar y escribir, de noche o de día (rara es la jornada en que no me retire a altas horas de la madrugada). Confieso que también se me escapa de las manos no poco tiempo conversando y observando material diverso por la red, así como visualizando alguna obra cinematográfica de vez en cuando —en contadas ocasiones, en el cine—. Asisto, con poca frecuencia, a clases universitarias, y con menos todavía salgo a tomar algo (no porque no me guste ninguna de estas cosas, que sí que lo hacen, sino porque no me son prioritarias). Intento participar, eso sí, en actividades extraordinarias como congresos y pequeños cursos sobre temas transversales —o ajenos— a mi formación oficial.

En lo psicológico, es de destacar cierto tipo de racionalidad de la que disfruto, que en particular me inhibe de emociones negativas. La única tristeza que tengo es la que puede acontecer en un romance (único ámbito en el que decido estar a merced de este sentimiento), o por la que me dejo embriagar si así lo deseo al visualizar ciertos materiales escritos o audiovisuales, como películas. Nunca me estreso, agobio, aburro o enfado. Soy muy comprensivo, y por supuesto no tengo ningún sentimiento negativo especial hacia ninguna persona. Podría decirse que soy optimista por la parte emocional y realista por la racional.

Soy transparente: ninguna pregunta hay, en principio, que me incomode. Me deleito narrando mis más profundos pensamientos y sentimientos a personas conocidas y desconocidas, si las circunstancias se prestan a ello.

Soy amigo de todos y de nadie: soy una persona abierta, extravertida y accesible, dispuesto a conocer gente y a entablar conversación, pero simultáneamente no tengo lazos emocionales intensos con nadie en especial. Nadie hay, en mi vida, que me sea muy necesario desde un punto de vista emocional. Cosa distinta —y dramáticamente opuesta, de hecho— me ocurre en situación de enamoramiento, estado en el que tantas excepciones concurren, al menos en mi caso.

Tiendo a ser racional, cuidado en la palabra oral y escrita (aunque tengo mucho por mejorar, especialmente en la primera), e inclinado hacia conversaciones de corte intelectual. Aun así, no desdeño otros tipos de diálogo. Alterno un carácter formal y alegre, además de tener bastante sentido del humor.

Como curiosidad, vivo en ocasiones una emocionalidad poco convencional y muy viva, en no pocas veces fundamentada en mis apreciaciones intelectuales. Acostumbro a otear desde mi ventana la existencia, especialmente caída la noche, reflexionando sobre su vastedad y sobre la enorme complejidad que encierra nuestro minúsculo mundo humano. Todo ello me sacude con vehemencia, traspasándome en ocasiones un sentimiento de solemne trascendentalidad, y en otras de risible absurdidad. Disfruto degustando estos dos sentimientos de la manera más intensa. Soy también susceptible de ser interpelado por el ser en todas sus manifestaciones, pudiendo entrar en éxtasis emocional —controlado— por la contemplación de la más minúscula y nimia porción de materia: en verdad ella es prueba del milagro insondable de la existencia.

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