Oda a la palabra, y en especial a la poética

De súbito, así como la proyección de la noctívaga luna que en el piélago riela tórnase fidelísimo reflejo de su nívea faz cuando las aguas de aquel quiétanse, así también ante mí esplende ahora el áureo lenguaje, polícromo y multiforme, y arróbame el ánimo con su vocal arbitrio, ora con verbos reducidos, ora con otros longuísimos, bellos todos, que no hacen sino inferirme intenso goce y vívida fascinación. Tanto es así que, yerto quédeme acto continuo por llevárseme la parca a tartáreo hado si verdaderas no fuesen mis palabras, resúltame dificultoso ministerio domeñar mi deseo de encomiar tales portentos, de tal forma que a mentado anhelo me abandono con premura y sin ambages, y al punto procedo con el siguiente acento:

¡Embriágame, oh, divinal poesía, tú que descuellas hermosamente entre todas las letras por deliciosa y belísona, y el flagrar del espíritu dominas, ignipotente, de todos cuantos te abrazan!

¡Tú, compostura y ornamento de la palabra, custodio de los más lozanos e impetuosos dichos, que en frescura y fortaleza igualan a las más formidables ondas del cerúleo ponto, aquellas que hasta el firmamento enhiéstanse y con violencia abaten a la más vigorosa de todas las naos! ¡Tú, heraldo portador también de los tonos más melifluos, que el ánimo dulcifican y déjanlo quiescente y complacido, a semejanza de la melodiosa cítara que aplaca el furor de los más armígeros mancebos!

¡Tú, perdurable riqueza, que con denuedo libras crudelísima lid teniendo por enemigo al indócil tiempo, frente al que incólume arrostras su devenir y aun te vivificas, aun haces acopio de mayor opulencia, atesorando nacientes vocablos en tu sempiterna travesía!

¡Oh, asombroso prodigio, que a prorrumpir estas canoras alabanzas me impeles! ¿Qué loor podría acaso ensalzar con acierto y justicia tamaña maravilla, que parece legada a los mortales por obra de dadivoso numen, eximio entre todos aquellos que ambrosía paladean?

¡Ay, si te pluguiera, oh, exquisito arte, caro ensueño elevador de lecturas y coloquios, acogerme en tu seno e infundirme tu verbosa entidad, de suerte que hacer de mías pudiera todas tus primorosas formas y, asiéndolas perenne y pujantemente, oh, sacro himeneo, honráselas yo escribiéndolas y pronunciándolas, y deleitásenme ellas en las mismas acciones! ¡Ay, qué dicha, qué venturoso manto cubriríame si capaz fuese de, ictíneo, moverme entre tus límpidas linfas con soltura!

Pero, ¡oh, infausto de mí, que tan lejanos dispongo los horizontes de mis descomedidas pretensiones, ingrato a las musas que por fortuna imbúyenme en el ánimo la disposición para ejecutar sus poéticos designios! ¡Oh, camenas, que no sirvan mis loas y mis infortunadas ambiciones como denuesto, pues reconozco que, aunque lejos hállome de los más doctos y eruditos, no enteramente me habéis dejado a mi azarosa suerte, facultándome al menos en el empeño y la avidez por explorar los entresijos de vuestro orbe, empresa a la que gustosamente me encomiendo, llévela o no a término, pero que de igual manera me colma de fruición y deleite!

¡Oh, en fin, fúlgidos términos, objeto de mis afanes y en no pocas ocasiones arcanos que revelados resultan, cuán altisonantes y grandilocuentes son mis elogios, cuán briosas mis batidas en vuestra pos, cuán irresistible el jaez que os es ínsito!

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