Consciencia integral

¡Qué sublime experiencia, la que nos infunde el ser conscientes holísticamente de la realidad en toda su vastedad, percatándonos de las conexiones internas que la vertebran! ¡Qué indescriptible privilegio, sentir la flamante absolutidad invadiéndonos!

Deificarnos por un efímero instante, transgrediendo el subyugo de nuestra inexorable finitud para contemplar lo universal, para participar de la atemporalidad, para autotrascendernos, deshumanizarnos, abstraernos, totalizarnos. Redimirnos episódicamente de la delusiva distracción de la cotidianeidad, expoliándonos del ensimismamiento en las ocupaciones ordinarias, para percibir libérrimamente esa sensación difusa e inenarrable que nos evidencia la puerilidad inmanente a nuestras vidas, haciéndonos conscientes de la ubicuidad de la vacuidad, y simultáneamente del extraordinario prodigio del ser y su insondable misterio. Es entonces cuando más impetuoso se vuelve nuestro desconcierto ante el mundo y ante nosotros mismos, en tanto en cuanto parecemos estar injeridos en nuestro propio orbe, ajenos a todas estas cuestiones, ignorando nuestra propia nimiedad, prestando nuestra atención exclusivamente a una minúscula parte del todo, a la cual nos aferramos con vehemencia y en la cual depositamos enteramente nuestra dedicación, circunscribiendo desmesuradamente el dominio de nuestra realidad efectiva.

Ser capaces, no ya de advertirlo y examinarlo racionalmente, sino de llegar genuinamente a ser atravesados profundamente por el consecuente estado mental que nos otorga esta consciencia integral, cuyo contenido es de manera directa la realidad en tanto que tal, y que nos insufla una vívida trascendencia casi tangible, nos permite aquilatar la universalidad per se, elevándonos por encima de la particularidad que impregna nuestros quehaceres consuetudinarios, dejando a un lado la absurdidad que revisten todas nuestras empresas humanas, y permitiéndonos atisbar lo global en su completitud, divinizándonos.

¡Qué excepcional embriaguez, qué celestial disposición nos concita ser interpelados por el ser! ¡Qué refulgente brillantez irrumpe en nuestro ánimo, qué sapiente contemplación, qué abemolada coherencia, qué honda admiración! ¡Qué arcano impenetrable, qué espléndida magnificencia destila, qué maravilla la existencia!

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