Biología

La diversidad y la complejidad que la evolución ha otorgado a la vida revisten una belleza que no deja impasibles a quienes a ella dirigen su atención.

Mayor impacto, si cabe, causa la consideración de lo que subyace al «mero» fenómeno: ¿cómo se origina el milagro? ¿Qué mecanismos articulan la materia inerte para que adopte la configuración precisa que posibilita la transición desde estructuras fisicoquímicas a biológicas, las cuales, por añadidura a la legislación que la física impone, se subordinan a unos imperativos darwinistas que parecen surgir ex nihilo? Y, ascendentemente, todo ello nos conmina a cuestionarnos por la cima evolutiva que representa el misterio de la inteligencia, en particular aquella que el ser humano ostenta en su máxima potencia, y finalmente, por la génesis de la consciencia, que se erige como una característica emergente, aparentemente no reductible a los estatutos biológicos de los cuales brota, siendo esta diferencia cualitativa de un grado mayor incluso que en el caso de la que separa la vida de la materia exánime, pues aquélla supone la existencia ahora de un sujeto, de un yo, que es capaz trascenderse a sí mismo y plantear todas estas cuestiones fundamentales.

Todos estos arcanos, insondables hoy, no pueden sino concitar nuestra más elevada admiración, nuestro entero reconocimiento de lo sublime de la naturaleza, y bien podríamos, como hacía notar Heidegger, hacer de ese asombro el germen de nuestro filosofar, responder a la interpelación de la realidad y lanzarnos a la inquisición de tales interrogantes, emulando la empresa que engendraron ya los filósofos presocráticos. Sea como fuere, el vivo fulgor del prodigio de la naturaleza nos deslumbra, y los prometeicos enigmas que subsiguientemente plantea suscitan en nuestras mentes el más hondo sobrecogimiento, por cuanto los estimamos inasibles, y no sin razón.

Con todo, demos el paso o no de lanzarnos a la tentativa de elucidación de tan colosales incógnitas, seria capcioso argüir que no poseen en sí mismas, en tanto que simplemente consideradas, la facultad de turbar el ánimo, pues nos invitan a degustar no ya nuestra ignorancia, sino nuestra poquedad en comparación al grandioso desarrollo de las especies, el cual, aunque nos hallemos en él embebidos, nada tiene que agradecernos, pues aconteció autónomamente, sin influencia alguna por nuestra parte. No obstante, y pese a la pequeñez que nos ha habido de caracterizar, no deja de haber, por otra parte, una cierta excelsitud en el hecho de que la mente humana sea capaz de, en un intento de conseguir su emancipación y liberarse del subyugo de su finitud, apuntar más allá de sus propios límites y escudriñar su propio origen, pretendiendo —y en no pocas ocasiones, consiguiendo— atesorar y comprender los fundamentos que rigen el mundo.

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