El cielo de noche

Qué maravilla el cielo de noche. Qué extraordinario y cautivador espectáculo, qué evocador, qué sublime interpelación al entendimiento. Qué palmaria manifestación de inmensidad, qué empequeñecimiento nos concita, pues es la contemplación de la bóveda celeste una contemplación de la absolutidad que se contrapone a nuestra nimiedad, de la inmutabilidad inexistente en la escala temporal de la historia humana, tan efímera y tan variable. Es una visión ácrona, una imagen perenne que nos conecta con tiempos pretéritos y venideros, un panorama que persiste parigual con el decurso del tiempo, una percepción que compartieron nuestros más primitivos ancestros y con la cual las futuras generaciones continuarán deleitándose, y que nos imbuye así un sentimiento de atemporalidad, permitiéndonos superar la astringencia del ahora y ser partícipes de un estado de simultaneidad temporal. Una experiencia trascendente que nos libera episódicamente de la constricción de lo consuetudinario, que nos redime de las capciosas fronteras que circunscribe nuestra cotidianeidad y nos compelen a la insignificancia de las ocupaciones y preocupaciones humanas. El examen del firmamento es, en definitiva, una puerta abierta a la trascendencia, a la relativización, a la manumisión del subyugo de la costumbre, a una consciencia intemporal, a una aproximación a lo universal. Una puerta que se materializa en cada ocaso, pero que nuestras prosaicas distracciones consiguen hacer que, en demasiadas ocasiones, desaprovechemos la oportunidad que nos brinda.

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