El amor: redención, acicate, dicha

La mística de la realidad nos interpela, nos concita irrevocablemente la incombustible angostura concomitante a la tentativa de inquisición de lo cuasi deífico, nos procura la constricción que supone la incoercible nesciencia que se erige por encima de todo conocimiento, connaturalmente enraizada a nuestra condición humana. El escrutinio del orbe nos remite infaustamente a nuestra propia nimiedad, a la inveterada problemática que vertebra nuestra desazón más prístina, acreditando lacerantemente la contingencia consustancial a nuestro ser y manifestando lo carente de implicaciones que sería nuestra prescindencia del estrato ontológico. La displicente desavenencia que supone la sinrazón de nuestra existencia dimana del sustrato más fundamental del ser, y asedia con vehemencia la empero indómita ansia de racionalidad que nos caracteriza. Todo ello nos ha impelido a lo largo de la historia a emprender innumerables pugnas por procurarnos la emancipación, intentos que por más pujanza e intrepidez con que se perseverase en usufructuar, no han reportado rédito capaz de exonerar nuestra inquietud.

En modo alguno podríamos aseverar, no obstante, que el subyugante infortunio que nos hostiga sea una ineluctable condena ligada inextricablemente a nuestra esencia, por cuanto no es de imposición externa su carácter, sino que procede de la exégesis subjetiva anexionada consuetudinariamente a nuestra percepción. Efectivamente, dicho acto interpretativo nos es facultativamente soslayable mediante la percatación y el convencimiento de su parcialidad. Tanto es así que aquel inapelable óbice que resultaba de irresoluble indefectibilidad a nuestros ojos adopta una condición accidental, dirimiéndose así la adversidad que nos acontecía y asentándonos en el privilegiado sosiego que otorga la independencia emocional, máxime cuando se trata de una redención referida a opresiones de tamaña envergadura.

Sin embargo, pese a que este arquetípico estoicismo conductual jugaría efectivamente un papel coadyuvante en nuestra consecución de una silente temperancia y un venusto sosiego, existe un escible proceder alternativo, concupiscible por su espontáneo automatismo y su vívido alborozo, por su síntesis singular de un impávido e incombustible acicate y un ubérrimo júbilo no menos incesante. Este ínclito adalid portador de manumisión existencial, conspicuo agente redentor y vehicular procurador de privilegiada jovialidad, no es otro que el amor.

El amor es omnímodo florecer. El amor destaza impetuosamente la problemática manifestada, pues frente al taciturno sofisma de la fatalidad del ser, contrapone la refulgente fascinación por una suerte de maravilla ubicua. Más aún, abandona la taxonomía ontológica pretérita y establece una diferencia entre ser con amor y ser sin amor parangonable a aquella referida a los conceptos antitéticos de ser y no ser, pues la persona amada se torna flamígero manantial de fulgor inaudito cuyas etéreas llamas permean el entramado de realidades ajenas, eclipsando todas ellas con rutilante supremacía y conminándonos a circunscribir nuestra atención hacia su figura, y nosotros, obsecuentes, asumimos como apodíctica esta hegemonía, incurriendo en la proficuamente delusiva entelequia de su precisa prioridad. Así, en una iconoclasta supeditación de la razón y sus no siempre ecuánimes elucubraciones, ponemos fin a la nefasta perspectiva que otrora nos apesadumbraba y abrazamos una regia felicidad, caracterizada tanto por su extremo júbilo como por su estabilidad y permanencia.

El amor supone priorizar, con sensatez pero con convicción, frente a todas las cosas a la persona amada, la cual disfruta asimismo de exclusiva unicidad y natural fidelidad, e incluso, más allá de la mera relevancia, suscita una trascendencia no sólo intelectual, sino hondamente arraigada a lo sentimental, que alumbra inefables impactos en el seno de nuestra emocionalidad, además de asentar en nuestro pensamiento un espectro de interrogantes que comprende desde la ininteligibilidad de la existencia de un individuo que aúne en sí atributos de tamaña magnificencia hasta la luctuosa iniquidad que es su interdicción a la perpetuidad.

Por todo ello, el amor apantalla el profundo desasosiego infundido por la funesta interpretación del absurdo del ser, en tanto en cuanto la flébil astringencia que esta conlleva se diluye, languideciendo hasta fenecer, en la egregia embriaguez amorosa que, no sólo nos desvincula de la referida consideración, sino que, en un alarde de ignota fastuosidad, nos encumbra a la cúspide de la exultación, confiriéndonos el acceso a una esfera de realidad impregnada de inmarcesible perplejidad ante el prodigio de la belleza desmedida, germen de irrefrenable atracción y ternura cristalina, que coexiste con la más íntima desnudez del alma, cesando el encogimiento del ánimo y facilitando la apertura introspectiva, y con la entrega altruista, pues la necesidad de complacer y la fruición de conseguirlo son tan mayúsculas que son únicamente equiparables a las vinculadas a la humilde necesidad de reciprocidad.

Con todo, el paradigma utópico consiste muy probablemente en una sinergia entre ambas soluciones, que aporte, por un lado, la perspicuidad y la contundencia propias de la pura intelección y, por otro, el optimista enardecimiento que nos brinda el amor, que trae consigo, por añadidura, una apasionada dicha, que inunda nuestra vida de efusividad y regocijo perennes. Esta configuración representa la comunión entre los dos máximos exponentes de lo racional y lo sentimental, y sin duda conlleva, si obramos con diligencia y procuramos el consenso equilibrado entre dichos enfoques, a un holismo superador de su mero agregado. Habremos conseguido así aproximarnos a una integridad fruto de la alianza entre los sentimientos y la razón, que a través de la colaboración permiten la conquista de un bienestar enriquecido por la versatilidad y la completitud.

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